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¿Tesoro o poder?

Nos creemos muy inteligentes un día,

al siguiente nos burlamos de lo tonto…

¡No!, no de lo tonto que es el mundo.

De lo subnormales que podemos ser.

¿Cómo es que tenemos tanto poder

y aún así perdemos hasta la paciencia?

Poseemos infinitos recursos, demasiados,

aún sin tener nada tangible o de valor.

¿Es la mente un tesoro o un poder?

Uno que nos embelesa y encarcela,

uno que nos hace daño si lo mal usamos.

De repente todo sale bien, somos genios…

Ni nos acordamos entonces del dolor,

del daño que nos hizo no pensar.

Diada de Sant Jordi

Lamento informarte que no te entiendo.

Sí, tus letras no me llegan dentro.

Me gusta tu voz, me gusta tu cara,

me gusta tu cuerpo pero no tus palabras.

Escríbeme un libro si te apetece.

Descríbete como lo mejor para venderte

o como lo peor para llamar mi atención,

pero soy yo quien decide si leerte

o dar vuelta a tus páginas tan sólo ojeándote.

Al fin y al cabo, te ofreces como carátula,

de esas bonitas, elegantes y llamativas;

mientras yo deseo identificarme

con tus hazañas espontáneas

y pasar a ser historia viva de tus páginas blancas.

Sin darme cuenta

La soledad ayuda a muchas cosas:

A entender que la vida depende de uno.

¿Dije de uno? ¡Reitero… de uno mismo!

A ver lo peor como una oportunidad.

A sentir, valga la redundancia, sentimientos…

de esos que te nacen muy dentro.

Sin siquiera pista de cómo entenderlos.

A ver cosas que nunca has detallado.

A respirar hondo sin haber tragado,

-que delicia esto que ya había probado-.

Te recuerdo

Ya no sé si como un peso, un dilema o una alegría;

ni siquiera estoy seguro o claro de recordarte…

a veces creo que sencillamente lo que hago es compararte.

Me pregunto en mi interior si sueño un misterio,

o si juzgo un inusual criterio de vida pasada.

Sí, de eso en lo cual no me gustaría volver a caer jamás.

Precisamente eres la razón por lo que veo fuego,

fuego donde parecen haber rosas de todos colores.

Dicen que a la persona que quieres la conviertes en alma,

yo creo que en mí son almas en pena.

Deseos de un futuro que nunca existirá,

cosechas de una vendimia que nadie recogerá.

Mis gustos

Repentinamente mi boca se vuelve agua,

sin explicación lógica estoy saboreando una idea.

Con una imaginación tan visual todo parece real,

tan detallado que se vive en carne propia.

Y es que cuando algo me gusta de verdad,

puedo esconder la emociones visibles,

pero dejar de salivar es misión imposible.

Supongo que es absurdo evadir lo que siento.

Un estimulo visual termina siendo una historia,

de esas gustosas que incluyen placeres.

Desde comer hasta tenerte en mis brazos.

Sin querer se me cierran los ojos,

estoy allí disfrutando demasiado

de este mar entre paladar y lengua.

El sonido del silencio

De recuerdos se vivían antes,

ahora hay cientos de fotografías.

¿Cientos dije? Miles de millones

que te hacen comer la cabeza.

¡No te rayes! - grita mi conciencia.

La misma que me hizo errar.

Sí, ésa de las malas decisiones

ahora trata de guiarme.

Pero, ¿De qué va ésta?

¿Será ciega o ignorante?

No reconoce haber perdido.

Al fin y al cabo es un vacío,

por dentro y por fuera.

Yo solo y el eco de mis errores.

Acto de rebeldía

"Llámalo como quieras,

grítalo si te da la gana.

Es más, patalea y llora

pero luego no digas

que no te lo dije…

te lo repetí demasiado.”

Citar a mi conciencia

suena muy gracioso

cuando el duro peso

de las consecuencias

no me está aplastando

y entonces puedo escuchar.

Se venden malas ideas

al mayor y al detal.

Discrepancia de decisiones

Muy casualmente,

una mudanza de continente

fue lo que me hizo notar

lo desvalorizado que está

hacer escalas de prioridades.

¿Debería enlistarlas?

Quizás mejor dinámicamente

cada día sin anotarlas.

¿Responsabilidades evadidas

o prioridades menospreciadas?

Llámalo dudas contemporáneas,

a priori de errores futuros.

En un tranvía

-¡Despierta! Te has quedado embelesado,

viendo o pensando en no sé qué.-

Sí, a veces hablo conmigo mismo.

Lo curioso es saber si realmente me escucho.

Hay días donde soy el mejor consejero

y a su vez el peor de los oyentes.

Otros, sencillamente ni me analizo.

Mi problema es definitivamente la atención.

Reacción insensata

Hay algo que nunca entenderé:

si el dolor físico nos hace alejarnos;

entonces, ¿Por qué el emocional,

al contrario, nos hace acercarnos?

Si te golpeas una mano, la mueves.

¿Cómo hacer eso con el corazón?

Ni hablar de la complicada mente,

irracional y olvidadiza de errores.

Que ansia de saber la respuesta,

que sólo el tiempo divulgará.

No sientes el silencio de la noche porque dentro de ti continúan vibrando todos los sonidos del accidente, el chirrido del frenazo, el golpe contra la barrera, el retumbar del vehículo al despeñarse. Y escuchas el murmullo de la radio, una voz ininteligible, mientras la luz cada vez más débil de los faros hace brillar la escarcha en los matorrales. Hay también otros brillos y, desde el lugar que ocupa tu cuerpo, caído fuera del coche, comprendes de repente que son los reflejos de esa iluminación escasa en unos ojos. «¡Laura!», exclamas lleno de terror, incorporándote. Entonces los ves. Sobre sus uniformes reluce la fosforescencia de unos cascos que parecen enormes y extraños en la negrura. «No te preocupes por ella», dice el más alto, con voz serena, «eres tú quien debe venir con nosotros. Ella está viva».
José María Merino - Después del accidente
Fuente: http://ficus.pntic.mec.es/~jmas0085/josemariamerino.htm

Quim se marcha del trabajo a las cinco. Sale del edificio y circula en coche hasta la casa de su novia. Van a ir al cine, a la tercera sesión.
Cuando entra en el apartamento de ella lo primero que hace es encerrarse en el baño. Echa el cerrojo por dentro y se pone a calcular, tomando la palma de su mano como medida, la posición que ocupa, en la estantería, el bote de desodorante. Describe su situación en voz alta: «A un palmo de la pared del fondo. A dos dedos del neceser con las cremas de protección solar».
Pronto se desespera, el frasco ha vuelto a cambiar de sitio.
El gesto se le queda como roto, o descreído. Se pasa una mano por la cabeza. Luego, se restriega la cara con la palma abierta, como queriendo borrarse con ella el rostro, o desaparecer. Baja la taza del váter, que estaba levantada ya no sabe por quién, y se sienta a meditar.
Cuando Quim se queda en casa de su novia usa el champú nutritivo de ella, su gel y sus toallas. Pero el desodorante es suyo. Ese bote es lo único suyo que hay en el piso de ella. Lo pone bien claro: «Desodorante para hombre». Lo pone en tres idiomas y no puede ser que ella lo esté usando porque, entre otras cosas, tiene cuatro desodorantes de mujer un estante más arriba. Por eso, Quim piensa ahora que otro hombre está subiendo a su casa. Además, el día anterior, al destapar ese mismo bote, ha encontrado un pelo negro y corto que no es de ella. Ella es rubia. Ni de él. Él se depila a diario para nadar en un polideportivo que le queda cerca.
Tras la puerta cerrada del baño se oye un ruido de tacones. Es ella, que aún debe andar probándose ropa y mirándose en la puerta del baño que, del otro lado, es de espejo.
Cuando el ruido de tacones se aleja, Quim se levanta para refrescarse la nuca en el lavabo. De pronto le ha embargado cierta ingenuidad casi extravagante, incluso inverosímil vista así desde fuera, que con frecuencia absorbe a los enamorados o los desesperados. A toda prisa va al salón a por un trozo de papel y un bolígrafo. Le escribe una nota, la mete en el desodorante y cierra el bote.
La nota dice: «Hola, soy el novio de ella, ¿quién eres tú? Yo llevo un año con ella. ¿Y tú? Yo la quiero, pero si me está engañando será mejor que lo sepa porque no podría soportar compartirla con otro. Firmado: Quim».

En el cine no deja de moverse. Cruza las piernas. Las estira. Echa el cuerpo hacia delante y se frota las manos. Se reclina hacia atrás desinflándose en la butaca, como aparentando haber encontrado una postura cómoda y estar concentrado en las imágenes que aparecen en la pantalla, pero no es verdad; continuamente le llega el olor suave del perfume de ella y, entonces, le vienen también imágenes de su novia con otro hombre y le entran ganas de vomitar.
Curiosamente, al mismo tiempo que nota cómo se le revuelve la comida en el estómago, siente también que no quiere perderla, siente como asco y dolor a la vez. La mira de reojo mientras el rostro de ella se ilumina y se apaga con cada secuencia reflejada en la pantalla. Intenta imaginarse el hecho de perder a una mujer como la que tiene, tan interesante, bella, inteligente y con quien además comparte tantas aficiones, pero no puede.

Pasan tres días separados, por el trabajo de él; tiene turno doble y sólo le queda tiempo libre para tumbarse a descansar en su propio apartamento.
El cuarto día tiene tantas ganas de verla que, cuando llega a su casa, transcurren cinco horas antes de que le venga a la cabeza el asunto del desodorante. Pasado ese tiempo la deja tumbada en el lado izquierdo de la cama, con el cuerpo mojado de sudor, los ojos líquidos, como derramados hacia la ventana, vaciándose en la copa de un castaño que hay tras el cristal. Sale desnudo en dirección al baño.
El desodorante ha vuelto a cambiar de sitio. Se abalanza sobre el estúpido bote que ahora se arrepiente de haber comprado, tenía que haber usado siempre el de ella, y lo abre.
Una nota.
La desdobla y la lee: «Hola, soy Alex, soy argentino y no tenía ni idea de que ella tuviera otro novio. Llevamos seis meses saliendo juntos y no pienso dejarla. Me gusta demasiado. No voy a encontrar otra mina igual. Así que olvidate de mí o de ella. Vos decidís».
Quim se impacienta. No puede creer lo que está pasando. Corre hasta el salón, coge otro trozo de papel y un rotulador de la mesita del teléfono, y escribe: «Yo llevo un año con ella y hoy mismo le voy a pedir que nos casemos. Olvídala tú. Yo no pienso rendirme. Firmado: Quim».
Dobla la nota. La guarda cuidadosamente en el desodorante. Luego va a la cocina y tira el escrito del argentino en la basura. Le hace un nudo a la bolsa de los desperdicios y la deja junto a la entrada.
Regresa a la habitación. Ella se ha quedado dormida y él, al encontrarla tan bonita, se deshace sobre la cama contemplando su cuerpo desnudo, su rostro plácido, el pelo rubio vertido sobre las sábanas. De nuevo, piensa que la quiere más que nunca, que no la puede perder.
Se tumba a su lado llenando de besos el pliegue que cierra su axila, pequeña y dulce, y la arista que forma su cuello terso y espigado. Así la despierta y le hace el amor dos veces más, conectado a sus ojos.
Se marcha por la mañana, mientras ella aún duerme, pero antes de salir encarga desde el teléfono del salón un ramo de rosas para ella.

Dos días después, Quim regresa a la casa.
Otra nota en el desodorante. Esta vez se ha quedado pegada a la emulsión y se ha corrido la tinta pero la puede leer: «No me doy por vencido. Yo también le pedí que se casara conmigo y ha accedido. ¿A vos también te dijo que sí? Firmado: Alex».
Quim se queda pasmado, entorna los ojos rabiosos y tuerce la boca metiendo los labios hacia dentro, como para comérselos. Después se maldice por haber olvidado ese asunto del matrimonio; ahora cree que ha adelantado los acontecimientos entre el otro hombre y ella.
Esa misma tarde sale en busca de una joyería. Encuentra tres locales en la misma zona y, en el último, compra el anillo de compromiso que cree que ella escogería si estuviese allí.
Por la noche la lleva al restaurante más caro de la ciudad.
El maître les procura la mejor mesa del salón porque Quim le ha contado lo que se propone. El sumiller les ofrece un gran vino y entre cinco camareros les sirven el menú degustación.
Mientras cenan, contemplan las mejores vistas de la ciudad y se sonríen.
A mitad del postre, Quim le coge la mano izquierda para colocarle el anillo de esmeraldas y diamantes que guarda en el bolsillo de su chaqueta. Ella le mira, boquiabierta. Después, se mira el anillo y se echa a llorar emocionada. En el restaurante solo hay otras dos mesas ocupadas y los comensales están todos muy callados mientras se llevan los cubiertos de plata y las copas de vino a las bocas. Una dama, de aspecto oriental, ha detenido en el aire el bocado que iba a probar y les observa.
Quim sigue pendiente de su novia, que aparta el plato de uvas glaseadas con tomillo, se seca las lágrimas y la boca dulce con la servilleta y le dice que llevaba mucho tiempo deseando ser su esposa.
Él se queda de nuevo atónito. De repente no sabe si se alegra o no pero la mujer, que está loca de contenta, alarga la mano que sostiene el anillo centelleante y, tomándole por la muñeca, le dice que la lleve ahora mismo a casa para hacerle el amor.
Quim, que no ha dejado de sorprenderse desde que la conoció, delibera ahora que, quizá, una mujer así, tan impulsiva, tan poco sensata, no le convenga. Por un momento se percibe lúcido pero, después de unos minutos en el sofá del salón durante los cuales ella le acaricia incesantemente, Quim se deja llevar de nuevo rindiéndose a sus encantos y hacen el amor con más pasión que nunca.
Luego, él le hace prometer a ella que le será fiel siempre y ambos pactan la promesa de pie, en el balcón, frente a un gajo de luna y unas cuantas estrellas desordenadas.
A la mañana siguiente, él decide dejar de depilarse.
Días después, Quim se despierta con el sonido del claxon de un coche y se levanta de la cama.
En la ducha se lava el cuerpo con el gel de ella, la cabeza con el champú nutritivo de ella. Después, cierra el grifo y agarra una de las dos toallas del toallero. Se ata la toalla beige a la cintura y se acerca a la estantería de cristal, colocando el torso frente al desodorante.
Coge el bote, lo mira, se lo lleva a la cocina. Allí, destapa el cubo de la basura y lo tira.
—Asunto zanjado— se dice de vuelta al baño.
Sonríe frente al espejo húmedo con gesto de vencedor, seguro de que toda esa turbia historia del desodorante ha quedado finalmente atrás. Después, agarra uno de los cuatro desodorantes que tiene ella en el estante de arriba y lo usa.
Lo vuelve a colocar en su sitio y piensa que acabará por acostumbrarse a ese olor.
Es entonces cuando empieza a sentirse realmente bien, justo a partir de ese instante. Respira hondo y nota un trajín como de estrellas y caballitos de mar flotando por el interior de su cuerpo, y también mucha paz.
Se deja llevar un rato por ese sentimiento, que poquito a poco va en aumento, y le parece acariciar el punto culminante de gozo cuando, de repente, descubre un pelo corto y negro pegado a su toalla beige.
Un pelo que no es de ella porque ella es rubia. Pero que, bien pensado, sí que puede ser de él porque hace ya dos semanas que dejó de afeitarse el cuerpo y de ir a nadar al polideportivo, por si acaso.
Esta vez, lo atrapa con los dedos. Se lo acerca a la boca.
Sopla.
El pelo gira sobre sí mismo, hace un remolino en el aire como de acróbata, luego una reverencia, y se aclara se aclara se aclara hasta desaparecer.

Silvia Sánchez Rog - La solución de Quim
Fuente: http://www.lenguadetrapo.com/lectura.php?sec=NB&item=205

Sabíamos que el bisabuelo había tenido una finca porque se hablaba de ella, así, sin más y, sobre todo, porque le dejó a su hijo, casi por toda herencia, una piedra irisada, con redondeces de hembra y una como veta metálica que más parecía roña que otra cosa. Luego pasó a mi madre como legado de su padre y, al morir ella, se quedó conmigo en la mesa del despacho como pisapapeles. No arriesgo nada si digo que piedras así y mucho mejores que ésa, son incontables en el mundo entero, pero a esa roca, que no pasaría de setecientos gramos, se le había encomendado una misión y la candidez de mi abuelo y el gran amor de mi madre por su abuelo y su padre, habían hecho que la cumpliera año tras año durante más de un siglo.

Todos cuando niños —mi abuelo, mi madre y yo—, la habíamos manoseado y preguntábamos sobre sus redondeces y transparencias y habíamos tratado de quitarle con las uñas su costra metálica que, aunque con luz le arrancaba a duras penas algún destello opaco, era un costurón que afeaba su parte de apariencia más carnosa, la que nos hacía repetir siempre que, en esa parte, parecía mazapán. Y todos nosotros quisimos saber alguna vez si aquel pedrusco era sólo una reliquia de los tiempos en que nuestra familia tuvo dinero —una finca—, o era un objeto absurdo sin valor que nadie osaba deshacerse de él.

Pero la piedra se podía explicar y, en la familia, se transformaba en mito, cuando alguno de nosotros —mi abuelo, mi madre, yo, mi hijo y mi hija—, averiguaba por qué ese pedrusco se había convertido en herencia familiar y cuál era su historia.

Al bisabuelo le apasionaban las piedras o, mejor dicho, quería hacer dinero con ellas, porque la finca tenía poco más de mil metros cuadrados y, si el año era bueno, le daba algo más de lo justo para vivir. Era en los años de la primera guerra mundial, de grandes beneficios para los propietarios de minas y, según contaba la familia, el bisabuelo buscaba hierro, bauxita o volframio en calicatas o en vetas roqueñas que hicieran sospechar filones más profundos.

En esa piedra que un día encontró no sabemos dónde, cifró, —decía mi madre—, sus esperanzas y, después de hacer un largo viaje para que la analizaran debidamente, la colocó en su mesilla de noche bajo la lámpara y, durante más de dos meses, exploró él solo el terreno donde la había encontrado, hasta que unos pastores le hallaron maltrecho al fondo de un barranco y un coche de línea le llevó al pueblo, y la guardia civil le llevó a la casa de la finca y allí resistió a la muerte a duras penas, porque murió dieciocho días más tarde una noche interminable de lluvia, como la que él mismo había pasado herido y a la intemperie.

Durante esos días agónicos, se le iban tristes los ojos hacia aquella roca que había sido la causa de su gran ilusión y su desengaño último y rogó a la bisabuela que no la tirara y a mi abuelo, a su hijo, le dijo algo muy simple, si no hubiera doblado el valor de sus palabras con lágrimas:

—Guarda esa piedra que tanto mío lleva dentro y pásala a tus hijos y a tus nietos, para que todos recordéis que he sido un loco y sepáis que la Naturaleza no se hace ilusiones y es más fuerte que el hombre; que la vida humana es corta, y esa roca, que cabe en esta mano, ha vivido ya siglos y continuará viviendo más que nosotros…

Y su deseo se cumplió en casa de mi abuelo y de mi madre y luego en la mía, con mi mujer y mis hijos, Rafael y Lauri.

Lauri —lo que más he querido en este mundo—, acababa de cumplir cuatro años cuando tuvimos que ingresarla en una clínica y los análisis de sangre detectaron una proliferación de glóbulos blancos incontrolada y maligna: leucemia. Su madre, su hermano y yo no nos apartábamos de la cama y ella tenía con frecuencia ganas de juguetear y de charlar y abrazarnos, hacía planes para ir al colegio y su afán de vida parecía un gorjeo cándido lleno de ilusiones. Un día me echó los bracitos al cuello y me dijo:

—¿Verdad que esa piedra no va a vivir más que yo?

La apreté contra mi pecho, oculté mi angustia entre sus rizos y, cuando pude hablar, la tranquilicé con razones pequeñas del corazón:

—¡No! Las rocas no tienen alma y tú sí; esa piedra es una tonta sin amiguitas que no sabe hablar como tú, ni se ríe como tú… Y es fea y no tiene a nadie que la quiera, como tú. No y mil veces no…

Pero Lauri murió y la herencia grotesca de mi familia seguía en la mesa de mi despacho con inalterable cinismo, con adherida presencia, con esa lección suya archisabida de la perpetuidad. No me molesté siquiera en triturarla. La eché al cubo de la basura y, a partir de entonces, hubo días, mientras trabajaba yo en mi cuarto, que me pareció oír la vocecita de Lauri llamándome, o charlando con su muñeca fuera, en el pasillo. Alguna vez abrí la puerta por ver si la veía, pero no estaba.

Medardo Fraile - La Piedra
Fuente: http://delamanchaliteraria04.blogspot.com.es/2008/04/la-piedra.html
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